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“Un amigo en la ciudad”

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Despuntaban los primeros rayos de un sol apaciguado por un invierno demasiado húmedo y demasiado largo para aquella ciudad mediterránea, que esperaba siempre la llegada de la estación cálida con impaciencia, consciente de que toda su belleza, todo su atractivo, y sus ganas de vivir adquirían su madurez con el vigor que sólo un amanecer de primavera puede dar.


María Dolors se levantaba pronto todos los días, tanto que su primera palabra, durante los últimos diez años, estaba dedicada a esa última estrella que se pone junto a la noche, %u201Cla meva llum del alba%u201D, como ella le llamaba. El lucero del alba, lugar dónde según una leyenda de su pequeño pueblo natal, descansan los recuerdos de todos los seres queridos que a lo largo de la vida se apean de la gran tragicomedia humana. Así lo contaba María Dolors, y continuaba explicando que allí sólo viven, las sonrisas y las lágrimas, lo único que permanece en pie sobre la memoria, porque un péndulo invisible que viaja de un lado a otro de las emociones borra todo aquello que parece intrascendente.


Con más de ochenta años cargando su peso sobre unas mejillas pálidas y cansadas, y repartiendo sucesos entre docenas de surcos que recorren su piel, tierra seca y agrietada por la soledad y el tiempo, terminada la plegaria a su estrella del amor, queriendo dejar atrás ese páramo de hielo y de silencio, que antaño llamó hogar, María Dolors bajaba descuidada y sonriente las escaleras desde el tercer piso del número cincuenta y tres de la calle Escocia hasta llegar al portal.
Unos pasos más allá se detenía a charlar con Guillem el encargado del kiosco, y luego se dirigía con paso firme y voluntad inquebrantable a la cita con su viejo amigo. Su único amigo en la ciudad. Caminando despacio observaba ese laberinto de piedra exfoliada, dónde su longevidad se había convertido en un castigo más que en una bendición. El mundo se obstina en enterrarnos vivos, en cuanto nos convertimos en molestos supervivientes.


Sobre las seis de la mañana la figura enjuta pero siempre bien compuesta de María Dolors podía verse desde cualquier Angulo del cruce de Escocia con la Avenida Meridiana, esperando sentada con suma elegancia la llegada de su perseverante amigo, el que durante más de cuarenta años la acompañó hasta su puesto de trabajo. Solía ser puntual aunque en ocasiones la hubiese hecho esperar, no importaba. Ella siempre perdonaba, porque nunca pudo recordar un día en que tras la espera, el robusto perfil de esa amistad, que le tendía un puente con el mundo, no apareciese por el fondo de la calle. TAGS:undefined

Aquella mañana no fue una excepción, tantas décadas de fidelidad no podían terminar de otra manera. El color rojo de su piel metálica y su mirada brillante hicieron brotar un gesto de felicidad en los finos labios de María Dolors. Allí asomaba como siempre, el viejo sesenta y dos. Saludó a Joan, un joven conductor de cuarenta años que llevaba unos meses en el trayecto, ella subió despacio y se acomodó en el asiento justo detrás de Joan, el autobús continuó su marcha. Charlaron un rato mientras el bus parada a parada iba recogiendo a los habituales de ese recorrido. Nadie que hubiera viajado un tiempo en esa línea dejaba de intercambiar aunque fuera un saludo con aquella serena mirada que parecía comprender todos los problemas del mundo. Charlaba y charlaba durante horas hasta que llegado el mediodía, su fiel amigo la dejaba de nuevo en la parada, cerca de aquella casa vacía donde la soledad sepultaba todo vestigio de vida. Allí María Dolors esperaba impaciente la llegada de la resurrección del día, junto a la estrella del alba para encontrarse de nuevo con el mundo de los vivos.

María Dolors tomó ese trayecto durante dos años más protagonizando y viviendo anécdotas que siempre recordarían pasajeros y conductores, hasta que una mañana Joan al creerla dormida supo al tocarla que ella formaba parte ya de aquella brillante estrella de la que tantas veces le había hablado. La ruta se retrasó, el triste rodar del sesenta y dos acompañó a María Dolors en su último viaje, en su rostro podía leerse la gratitud de haber dejado la vida en brazos de un amigo, lejos de la soledad.
A la mañana siguiente, antes del amanecer, el sesenta y dos partió de nuevo para cubrir su ruta. Rodó en silencio, a veces incluso lloró, y cuentan aún con estupor, que aquel día el lucero del Alba no dejó de brillar hasta que llegó la noche.



Mik
Abril 2009

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