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"La lluvia de metal"

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Los niños se desperezaban todavía con los primeros indicios del alba que se filtraban a través de los enormes ventanales del vasto dormitorio de santa María del mar. Las hermanas entraban para despertarlos a toda prisa, el día estaba plagado de actividades, empezando por el desayuno, que no era copioso, pero todos lo esperaban con las ansias del hambre atrasada que la guerra les había impuesto. Una vez estaban todos despiertos y en pijama, se arrodillaban junto a sus camas, y allí daba lugar la primera oración del día para agradecer al señor, por todos los bienes y cuidados de que proveía. La oración la conducía la hermana Isidora, la madre superiora, que había pasado su vida en aquel hospicio. Era una mujer conocida y respetada en toda la ciudad, por su dedicación a los huérfanos. Ella organizaba las colectas, visitaba a las familias más acaudaladas para recoger donativos, y peleaba y peleaba, contra todas las contrariedades para mantener el hospicio en funcionamiento. Abajo en las cocinas, Gertrudis, una seglar, que llevaba casi veinte años cocinando para los niños, discutía con el lechero, porque detectaba que en las últimas entregas la leche venía mucho más aguada de lo habitual. Don José, el lechero se defendía diciendo que eran tiempos de guerra y las vacas no daban para más, si quería seguir dando leche a los ciento cincuenta críos del internado. Gertrudis sabía que era cierto, pero también que su protesta era como una carga en la conciencia de don José, para tratar de obligarle a cortar lo menos posible la leche. Gertrudis peleaba así todos los días, con Ignacio el de la verdura, Augusto el de las conservas, y con todo aquel que proveía su cocina, porque odiaba el hambre que los niños estaban pasando, y su lucha no era otra que la de mantenerlos en pie.
A las ocho de la mañana después de la oración y del aseo, los niños ya vestidos, con sus batas de rayas color gris, se alineaban en el patio repartidos en cuatro grupos, frente al comedor. Allí doña Isidora, casi siempre acompañada, por cuatro novicias, Isabel, Margarita, Úrsula y Herminia, una para cada fila, recitaba algún fragmento de la biblia, y hablaba a los niños de su mensaje. Las novicias, caminaban entre los sonidos de las tripas hambrientas, y el rostro ansioso de aquella turba de críos bien alineados. Recriminaban a los niños más ruidosos, y se aseguraban de que todos estaban limpios y bien arreglados antes de entrar en el comedor. La madre Felicia, era la guardiana de las llaves del hospicio, además de la profesora de gimnasia, y de historia. Se apostaba frente a la puerta del comedor y cuando la Madre Isidora, terminaba de hablar, abría las puertas. Los niños se removían inquietos, mientras el aroma de la leche caliente y del pan tostado escapaba de la sala hacia el patio y los envolvía, cómo el perfume intenso de los valles de la tierra prometida, y estos sufrían alucinaciones en su paladar sólo con imaginar el primer bocado de aquellos manjares. Las novicias encabezaban cada uno de los grupos y en estricto orden, uno a uno, desde el grupo A, hasta el grupo D, entraban en riguroso silencio, y con actitud de franca solemnidad, cuando pasaban junto a la madre superiora. Los críos se sentaban en orden y tras dar un rápido gracias a dios por los alimentos, y esperar a que las novicias, y las hermanas, tomasen asiento en una mesa aparte que presidia el comedor, se lanzaban como leones a devorar su desayuno. Normalmente y salvo en raras ocasiones, se trataba de un bol de leche aguada, y un par de rodajas de pan tostado con una diminuta ración de tocino, algunas veces habían llegado a comer mermelada y mantequilla, pero otras muchas también solo leche aguada y pan duro. Los críos sabían que mas allá de aquellos muros una guerra sembraba dolor y tragedia por el mundo, muchos de ellos lo llevaban en el corazón después de ver y sufrir sus atrocidades. Los chicos intuían cada bocado como un milagro. Cada comida, cada noche sin pesadillas, cualquier señal de algo bueno que pudiera sucederlas era bastante para sentirse mejor, como bastante era el hecho de seguir vivos, cuando muchos de los seres que habían conocido y amaban, ya no lo estaban. Celebraban todo, y de ese modo trataban de sobrevivir a los recuerdos que les torturaban, cuando se detenían a pensar en su reciente pasado. Las Religiosas solían tener una animada charla durante el desayuno, ellas también celebraban el milagro de poder atender día a día aquellas criaturas. Reforzaba su fe en un dios protector, que daba cobijo a todos bajo sus muros, a los hijos de los bandos combatientes por igual, sin considerar entre amigos o enemigos, algo que a algunas de ellas les resultaba una difícil carga. La hermana Asunción era especialmente cruel con los que identificaba como hijos de los enemigos de la iglesia, y también la Hermana Urraca, y no eran pocas las veces que la madre superiora debía recordarles cuál era su misión como servidoras de dios. La hermana Asunción llegó a desafiar de tal modo a la madre Isidora, que decidió marcharse del convento para ir a servir a uno de clausura, sentía verdadero odio hacia algunos críos que ella creía engendrados por el diablo. La vida entre aquellos muros, no era idílica, en ocasiones se acercaba a lo infernal, parecía que dios en aquel micromundo se obstinaba en poner a prueba todas las almas, pero también había buena voluntad. Los días se sucedían con un pensamiento incrustado en las mente y los corazones de todos los que lo poblaban, que se acabase ya aquella guerra maldita.
Aquella mañana tras el desayuno, las madres y las novicias llevaron a los niños a las aulas de clase, todo transcurrió con normalidad, y a las diez treinta sonó la campana del recreo. Los niños repartidos en seis clases diferentes según la edad y los conocimientos, en eso era muy estricta la madre Isidora, salieron ordenadamente al patio, pero en cuanto pisaron la gravilla, se desparramaron formando grupos, para hacer lo que mejor se les da a los niños jugar y dejarse llevar por su espíritu infantil. Las monjas y las novicias se mezclaban con ellos, y proponían juegos y durante los tres cuartos de hora que duraba el recreo, para ellas era una bendición ver brotar aquellas sonrisas infantiles, en medio de las duras condiciones de vida que por lo general les acechaban. Sobre el gran patio central reinaba una algarabía incesante, una actividad febril, aquellos niños de piernas delgadas y cuerpos escuálidos, no renunciaban al precioso legado de su niñez. Jugaban y gritaban, dejaban galopar la libertad sobre su imaginación, corrían hasta la extenuación, y lograban por unos minutos olvidar el mundo de los adultos, que los había condenado a sobrevivir en tiempos de guerra. Bajo un soleado cielo, las novicias se dejaban arrastrar hasta aquella efímera felicidad, porque sólo los niños son capaces de inventar realidades alternativas y vivir en ellas, pisoteando la realidad, incluso cambiándola. La madre Isidora solía contemplar todo lo que sucedía en el patio, desde un porche que daba a su despacho, sacaba una silla y allí sentada, con algún libro entre las manos, observaba como un atento centinela. Solía interrumpir su lectura para echar una ojeada a un reloj de pulsera que años atrás le había regalado la diputación, por su labor y dedicación a los huérfanos de la ciudad. Era una mujer muy atenta al cumplimiento de los horarios, y cinco minutos antes de que terminase el tiempo del recreo, ella se levantaba de su asiento. Los niños, las novicias y las hermanas sabían que esa era la señal de comenzar a poner fin a los juegos, para poder estar en fila y preparados para entrar de nuevo en las clases pocos segundos después. A las once y cuarto, sin demora alguna, doña Isidora hacía sonar una pequeña campana que pendía del techo del porche, para entonces los críos ya esperaban ordenados por clases en el centro del patio. Después del recuento y en estricto orden solían enfilar el camino a las aulas, agotados todavía y con las sonrisas aún resplandecientes en sus rostros, no sin antes recibir una bendición por parte de doña Isidora.
Aquella mañana todo se desarrolló como de costumbre, sólo que la campana no sonó a la hora convenida. Se creó un poco de confusión, las hermanas y las novicias, miraban a doña Isidora que parecía petrificada y entre los niños apareció incluso la esperanza de que la madre superiora hubiera decidido alargar el tiempo de juegos un rato más. Todo duró unos pocos segundos, pudieron ver a doña Isidora petrificada con la mirada perdida en el cielo y la mano empuñando la cuerda que salía de la campana, en su rostro la bendición habitual parecía haberse congelado en sus labios. El sonido de la campana irrumpió en aquellos segundos de intenso silencio, como el grito de un animal que agonizara, reverberando con fuerza entre los muros del patio. Doña Isidora, removía con fuerza la cuerda, y parecía querer emitir un grito que no terminaba de salir de sus labios angustiados. La bendición no llegó nunca a salir de sus labios, en su lugar un grito desgarrador lo invadió todo, a la vez que un rumor bronco y pausado parecía emerger de los cielos, junto al diabólico tableteo de unas ametralladoras. El hábito de doña Isidora se tiñó de rojo, los gritos de pánico estallaron en el patio, al instante una escuadrilla de aviones, escupía toda su furia y su odio. Una bomba estalló cerca de la zona de los comedores, fue el caos, por un instante el mundo quedó en silencio y luego dio paso al ruido ensordecedor, que precede siempre a la apertura de las puertas del infierno. Las novicias trataban de reunir a los niños y de hacerlos correr hasta el resguardo de los edificios, pero nuevas explosiones que provenían de los dormitorios, de las cocinas, y de la capilla les rodeaban, no parecía haber ningún resguardo hacia dónde correr, pronto el patio se llenó de cuerpos inertes y ensangrentados. Los aviones, pasaron dejando atrás su bendición de metal y odio, pero no parecían satisfechos, y dieron media vuelta. Doña Isidora, con el hábito empapado en sangre seguía agitando la campana con furia, mientras mirando al cielo su pecho exclamaba una agónica oración para que protegiera a sus niños. La hermana Urraca había logrado resguardarse con algunos niños cerca del pórtico del gimnasio, le faltaba un brazo y uno de los niños pequeños con el rostro bañado en sangre taponaba la sangre que salía de su muñón con su bata de estudiante. Herminia había logrado llegar con algunos rasguños hasta la capilla y poner a salvo a un grupo de críos, Felicia yacía muy mal herida cerca de la puerta del comedor, rodeada de niños a los que logró poner a salvo, emitiendo gritos de dolor hasta que murió. Isabel, Úrsula y algunos niños habían muerto y reposaban como muñecos de trapo ensangrentados, alrededor del cráter que había dejado la bomba que los había matado, mientras trataban de alcanzar el gimnasio. Margarita tendida sobre el suelo y rodeada de un grupo de unos ocho niños estaba ilesa, cuando vio a los aviones que giraban para volver a sembrar el patio de sangre y horror. Levantó un momento la cabeza justo cuando los aviones empezaban a disparar su metralla sobre el muro, calculó que les alcanzarían de lleno. En ese momento vio el cráter cerca de dónde yacían Úrsula e Isabel, supo instintivamente que era el mejor refugio y se levantó, gritó a los niños que la rodeaban y todos empezaron a correr hacia el cráter, les separaban apenas unos diez metros. Margarita cargó con un niño que sangraba por la pierna, apretándolo contra su pecho y echó a correr rodeada de todos aquellos críos aterrorizados, los aviones fueron más rápidos y tuvieron tiempo de descargar sus ametralladoras. Seis crios y la hermana Margarita herida de muerte, llegaron al refugio improvisado, ella seguía abrazada al niño, rezaba y pedía al señor para que todo terminase pronto. Había sido alcanzada por tres balas que le habían destrozado la espalda, sangraba por la boca mientras las palabras de su oración se perdían en el balbuceo de sus labios, era una chica de apenas veinte años cuando la vida abandonó su cuerpo, todavía aferrada al pequeño que había salvado.
La muerte montada en alas de acero, decidió que ya había hecho un buen trabajo, había segado muchas vidas. Vidas jóvenes, almas que aún seguían sumidas en la euforia de sus juegos infantiles cuando les sorprendió la muerte. Era el precio que habían pagado por ser los niños de los enemigos, en una ciudad de los enemigos, dentro de una nueva forma de hacer la guerra que se llamaba la guerra del terror. La guerra moderna, así la llamaban, llevar el terror de los campos de batalla hasta las ciudades, hasta las personas más indefensas. Doña Isidora, seguía tocando la campana, aunque durante el fragor del bombardeo y la metralla apenas había sido audible, había seguido rezando, mientras era testigo de cada una de las muertes que se sucedió en aquel patio, porque según ella contaba años después todo lo que ocurrió parecía hacerlo con el tiempo detenido, porque el diablo quería que ella no perdiese detalle acerca de la maldad del hombre. Dolida, recordaba del primero al último como habían ido cayendo, recordaba los nombres de cada niño, el sacrificio de sus novicias y hermanas, que por un momento sólo pensaron en salvar a todos los críos que pudieron. Aquella mañana murieron, sesenta y seis niños, las novicias, Isabel, Úrsula y Margarita, la Hermana Felicia, y la hermana Urraca que murió días después del bombardeo debido a sus graves heridas, y también Gertrudis la cocinera que murió aplastada por los escombros provocados por la bomba que impactó en la cocina. Aquella mañana del cielo llovió metal, metal y odio, metal y muerte, así solía recordar la madre superiora lo que ocurrió en el cielo aquel maldito día. Nunca habló de sus heridas, que la dejaron invalida para siempre, al parecer su herida más dolorosa fue no poder hacer nada por todos los que murieron.
Este fue un hecho relatado por un superviviente muchas décadas después, de hecho era el niño al que salvó Margarita.

He evitado concretar mucho, porque creo que su testimonio era una súplica, para que quedase constancia de la atrocidad de esa y todas las guerras. Fue un episodio ocurrido durante la guerra civil, los aviones eran alemanes, al parecer ya estaban probando las nuevas estrategias de guerra sugeridas por los nazis, en aquel repugnante golpe de estado que sumió al país en una guerra civil. Las primeras masacres indiscriminadas de población civil se ensayaron en la guerra civil española, a eso nos condujeron el atajo de sádicos, políticos y militares que conformaban las élites tradicionales, que de ninguna manera querían ver socavado su poder. Al final, no se trataba ni de ideas, ni de ningún argumento trapero, como la patria y el honor, y la bandera, y todas esas chorradas con las que los locos gustan de embaucar a los ingenuos. Todo se hizo por alcanzar el poder, por avaricia, por mantener un sistema que durante siglos había saciado las ambiciones de una élite dominante. No pretendía llegar hasta este punto del relato, pero algo me empujaba a hacerlo y creo que es por sentir repetida la tristeza por el suceso que he narrado, en las noticias que nos llegan del mundo. Esas masacres se siguen produciendo ochenta años más tarde, y el horror y sufrimiento de nuestros antecesores parece haberse olvidado muy pronto, no podremos seguir amparados en nuestra ignorancia, o inconsciencia, si permitimos que esto le suceda a otros y no hacemos nada por impedirlo, tarde o temprano también nos sucederá a nosotros.

 

 

Mik/ nov/ 2016

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Comentarios "La lluvia de metal"

Impresionante historia y más aún la forma en que lo has planteado. Triste realidad que viven los seres humanos en esa ambición de poder de algunos q siempre acaba con los más indefensos, terminando con sus vidas, o peor aún, dejándolos sumidos en la miseria y dolor.
Maricruz Maricruz 03/11/2016 a las 17:07

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