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Una historia de amor

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La televisión encendida a las seis de la mañana, no era novedad en casa de Mario. Nada lo era desde hacía años. Incluso lo aparentemente novedoso, no dejaba de ser una simple repetición de algo anterior, o en el mejor de los casos una aburrida evolución. Encarna se levantaba la primera, siempre había sido así. Ella despertaba al gallo, a todos a este lado del sol, porque el alba perezosa, llevaba años sin poder adelantarse a la frágil consistencia de su sueño.
Tras una ducha con agua muy caliente, lo primero que hacía era encender el televisor de la cocina, aunque hoy el volumen era más alto de lo habitual. El rumor de la voz dicharachera de una presentadora de un programa concurso, fue suficiente para terminar con las débiles aspiraciones del exhausto apetito del sueño de Mario, que perdía todas las noches una batalla contra la incontinencia de su vejiga. Se resignó, y se levantó con un ligero mal humor acentuando los surcos profundos de su entrecejo. Se dirigió al baño, y el molesto y caluroso vaho de la ducha que siempre tomaba Encarna al levantarse le golpeó el rostro, cubriendo de una fina y molesta capa de humedad el contorno de su frente. Suspiró profundamente, para superar el contratiempo y masculló una sonora queja, que sin embargo logró apenas superar la hilera de los pocos dientes propios que conservaba. Cerró la puerta con un golpe fuerte, seco y deliberado, que retumbó en el pasillo y de ese modo, anunció a Encarna que su ánimo estaba agitado. Luego comenzó la odisea para encontrar fuerza y ánimos para orinar.

Ella en la cocina oyó el ruido de la puerta, y en la comisura de sus labios una imperceptible sonrisa apareció durante unos segundos. El viejo está cabreado, se dijo, y tomó el mando de la tele y subió un poco más el volumen. El timbre del microondas, le impuso la necesidad de levantarse, para ir en busca del café descafeinado con leche desnatada, que solía servirse en la desconchada taza marrón recuerdo de Menorca. El timbre del viejo electrodoméstico la reclamaba sin cesar de forma impertinente, porque llevaba semanas averiado y no recordaba nunca llamar a un técnico para que lo reparase. Su desayuno se componía del mismo aburrido brebaje todas las mañanas, acompañado de unas tostadas ricas en fibra y asquerosamente aderezadas con una mermelada de naranja sin azúcar. Evocarlo le provocó una ligera arcada. Contuvo la respiración y puso su mano en el plexo solar, en algún lugar había oído que así podía controlar la angustia de su aparato digestivo. Respiró profundo y la angustia pareció disminuir. Sin demasiado apetito tomó la tostada y su mirada se fijó en ella un instante. Entonces escuchó los pasos de Mario, que parecían procesionar por el pasillo, cargando a hombros el peso de su vieja vejiga y luego llegó hasta su nariz, el aroma pomposo y ajado del terrible masaje de afeitar, que el maldito viejo usaba desde tiempos que ya no podía recordar ¿o sí?

Sesenta años atrás mientras bailaban en una discoteca los ritmos de moda, aquel aroma sobre la piel tersa de Mario, fue el detonante de un beso. Todo empezó con un beso, puede que unos minutos antes con una mirada, pero la culpa de todo fue de un beso ¿ Fue un beso? En su mente hasta los buenos recuerdos ya no parecen suyos. La rehúyen, la esquivan, se deforman como si estuvieran expuestos ante uno de esos espejos de feria que todo lo distorsionan. Ella recuerda un beso que reaviva el corazón, la hace sentir por un instante, que mil años atrás su sangre era caliente. La sensación dura poco, su mente no sostiene los recuerdos, se caen como edificios bajo un intenso bombardeo, el tiempo los deshace como si estuvieran hechos de arena. Los personajes que fueron, eran otros. El amor, el cariño, la felicidad, la ilusión, los proyectos que pasaron horas urdiendo, y eran planes para toda una vida, eran de una vida ajena. Encarna lanzó una sonda, una más de las docenas que solía lanzar a lo largo del día, para tratar de recuperar la identidad y la propiedad de los recuerdos de su vida. Se esforzó, peleó contra la frondosa maleza, afiló la mirada, pero como siempre, solo sirvió para acrecentar la confusión que como una niebla vespertina cubría todos los paisajes de su mente. Ante su vista el único recuerdo nítido era el de una insípida tostada de mermelada de naranja, y decidió comérsela antes de que el recuerdo se desvaneciera.
La vida pasa rápido, se dijo Mario, caminando lentamente hacia la cocina. Tenía la sensación de haber salido del baño unas semanas antes y si no fuera por la fresca sensación de su masaje de afeitar, no habría podido asegurar con certeza, si de verdad era así. Se paró un momento, el pasillo era largo, varias puertas de la vivienda daban a ese corredor, no tenía realmente claro cuál de ellas era la de la cocina. Sus ojos medio apagados trataron de aportar luz a la cuestión, pero eran como una linterna con las pilas agotadas que apenas podían ayudarle a disipar sus dudas. Entonces una voz acudió a su rescate, era una voz joven y enérgica, provista de una vitalidad de efecto psicotrópico, no podía ser la voz de Encarna. La escuchó con atención, y fue cuando recordó donde la había oído por primera vez. Fue unas semanas atrás en un programa de televisión, al momento se desencadenó una reacción en sus instintos, y enseguida supo que debía provenir de la televisión de la cocina. Se sintió triunfante, casi exaltado, la vieja tortuga en que se había convertido su corazón, impulsó de nuevo sus pasos. Ya tenían un rumbo fijado, sólo debían guiarse por la intensidad de aquella voz y llegarían a la cocina, entonces una pregunta ensombreció el triunfo ¿Para qué coño tengo que ir a la cocina ?

Su memoria era como un barco de pasajeros alcanzado por un torpedo, al que nadie iba a rescatar. Sobre la superficie del agua flotaban algunos objetos maltrechos, que le orientaban atrás en el tiempo, y le ofrecían fragmentos incompletos de su vida. Con esos fragmentos, Mario recomponía escenas, trazos generales a los que solía agregar detalles, para que parecieran una narración coherente de recuerdos. Todo ello lo hacía más que nada, para darse a entender a sí mismo que había tenido una vida. Era la forma de darle sentido a un océano de emociones, que vagaban por todos los caminos de su alma vieja, sin el respaldo apropiado de imágenes nítidas de si mismo experimentándolas. En el caos de ese naufragio, siempre le sostenía a flote una imagen. Tras esa imagen reconocía, cada vez con tonos más oxidados el brillo del carmín de los labios de una mujer, su mujer, su amor. Recordaba su cabello largo, la forma exquisita de sus pechos, el contacto lascivo de su piel. Encarna era una flor fresca de primavera, suave, tentadora, risueña, esbelta y de pétalos comestibles. Aunque no sabría decir si de verdad existió, y si lo hizo, era tal como la recordaba, si estaba completamente seguro de haberla amado. La sensación de amarla perduraba de forma clara, entre la opacidad que jalonaba su vida, incluso había momentos en que era capaz de rescatar jirones de amor con sabor a sus labios. Ahora ya sabía porque debía ir a la cocina, tenía una cita con Encarna, tenían algo importante que hacer, lo presentía pero no recordaba que era.

La tostada se le cayó de la mano trémula y desobediente. Jódete Murphy, seas quien seas jódete, pensó Encarna, cuando vio el lado de la mermelada contemplando su vieja sonrisa desde el suelo. Fue en el mismo instante en que las bisagras de la puerta de la cocina, le alertaron de la llegada del viejo. Lo vio entrar totalmente aseado, el aroma del masaje se apropió de toda la estancia, como una horda de bárbaros al asalto. Encarna suspiró resignada, lo contempló y en su memoria salió a flote un recuerdo con sabor dulzón, que le provocó una torpe sonrisa. Mario solía cantarle al oído canciones de moda, durante su primer embarazo. La rodeaba con sus brazos por la cintura, y siempre terminaban juntos la canción dándose un beso ¿Era Mario, era ella, era real? Debió de serlo, pensó aliviada ¿Cómo habrían podido soportar, la montaña de óxido que se había derrumbado sobre ellos de no haberlo sido ? Puede que fueran ellos se dijo, pero con casi noventa años superponiéndose unos sobre otros, no era sencillo saber que era real, que no, que era distinto, que era nuevo, porque todo se parecía a todo y a todos


Mario se sentó en la mesa, y sólo se sirvió un vaso de agua. La miró, y unas lágrimas débiles y cansadas aparecieron en su lagrimal, sus ojos se enrojecieron.


- Todo es tan igual, todo es tan ajeno, pero sé que te he querido Encarna, es lo único que siento mío, le dijo.

Ella tomo el mando a distancia del televisor y lo apagó, la voz de aquella cotorra ya no era necesaria, luego correspondió a su mirada, a sus lágrimas, a sus palabras, y le dijo:

- Es lo único que me ha mantenido viva, pero sabes que todo acabará por ser de otros, por no parecer nuestro, ni siquiera el amor.
Él asintió con una leve sonrisa de sus labios agrietados y de algún lugar de la memoria, una vieja canción de moda afloró y en su boca desgastada, se sucedieron entrecortadas estrofas que Encarna reconoció enseguida. Se levantaron, con un esfuerzo sobrehumano. Sus cuerpos parecían adormecidos, y pesados como si otros noventa años y el óxido correspondiente, les hubiera caído encima desde el techo de la cocina. Se acercaron el uno al otro y él la tomó por la cintura, mientras ella comenzó a cantar al unísono, la misma canción que a duras penas, emergía de los labios extrañamente morados de Mario. Sus pasos se hicieron más torpes, sus movimientos eran pesados, poco a poco parecían desvanecerse el uno sobre el otro, pero no dejaron de cantar, mientras se miraban.

Un leve sonido dominaba toda la escena, desde la encimera de la cocina las espitas de gas abiertas, liberaron a la muerte. Se acercó a ellos lentamente, envolviéndolos a ambos en sus fuertes brazos. Fue delicada, solicita, educada, y poco a poco los acompaño en su último baile.
Minutos después Encarna y Mario yacían abrazados sobre el suelo, no muy lejos de la insípida tostada de mermelada de naranja, rica en fibra. Sobre la mesa, junto a la taza de café descafeinado recuerdo de Menorca, cerca de un vaso de agua, en una hoja de papel escrito con letra  insegura, podía leerse:

ÚLTIMAS DISPOSICIONES DE ENCARNA Y MARIO, PARA NO OLVIDAR QUE SU AMOR SI ERA SUYO

Tras esa frase, la hoja permanecía en blanco, y sin embargo contenía toda una historia de amor.

                                                         FIN

                                                 Mikway /2019

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Comentarios Una historia de amor

Qué bello y triste...
Yo Yo 06/10/2019 a las 18:03
Sabes amigo, terminé esta lectura con lágrimas en los ojos recordando el amor que siempre se profesaron mis viejos, mi padre hasta el final de sus días hace 5 años atrás (tenía 95), ella aún lo ama igual (tiene 95 ahora). Recuerdo que en su delirio antes de dejarnos mi padre no recordaba a mi madre. A ella sólo no reconoció en sus últimas horas. Estoy segura, bien segura de que la recordaba como cuando joven, tan hermosa como era y para consolarla eso le dije y ella también lo creyó. Siempre deseé un amor así, seguro q mis espectativas fueron demasiado altas. No dudo que haya sido amada, pero esa idolatría de mis padres no la he visto jamás.
Gracias por hacerme revivir esa parte de mi historia. Me llegó al corazón ese escrito.
Enhorabuena, amigo
Maricruz Maricruz 06/10/2019 a las 19:48

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