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"La boca rota de Perdomo"

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Oswaldo Santos, sudaba como un toro agotado en medio del ruedo, estaba cubierto de sangre, en realidad de dos sangres la suya y la de su oponente. Aunque Oswaldo se hallaba en su vestuario, no podía borrar de su mente el recuerdo del tipo al que había arrebatado el título. Perdomo yacía sobre la lona, sin poder recuperar el sentido, con los ojos en blanco y estertores extraños que manaban de su boca rota, junto a un hilo de sangre muy negra.
A su alrededor se celebraba una fiesta, el manager, el cuidador, el entrenador, el portavoz de prensa, algunos promotores, Nacho, el marido de su hermana Lisabeta, y la propia Lisabeta con su cara de ángel, y el elixir de la inocencia brillando en sus ojos jóvenes. Al otro lado de la puerta del vestuario, el universo entero parecía estar congregándose. Un enjambre de moscas agitadas formado por docenas de periodistas, gente del mundillo, aficionados exaltados, y vete a saber quién más, lo aclamaban. Oswaldo oía sin escuchar, el ruido salvaje de la jauría que siempre acompaña a la victoria, y hoy en contra de lo que siempre había sentido lo despreciaba. Oswaldo, no se había movido desde que llegó al vestuario, se sentó en la camilla, y no permitió que lo tocasen excepto para quitarle los guantes. No pronunció una palabra, era la noche en que había cumplido el sueño de su vida, campeón nacional de boxeo, lo que le permitiría competir por el campeonato mundial en unos pocos meses, tenía veintiséis años, y aspiraba a todo, pero su corazón latía al ritmo de una ametralladora y aunque nadie pudiera percibirlo, cada fibra de su cuerpo temblaba bajo su piel. Todos esperaban verlo exaltado, verlo sonreír, verlo feliz, pero su rostro permanecía sereno. El nuevo campeón en completo silencio, sólo era capaz de sentir angustia y también miedo, un miedo parecido al que da el vértigo, cada vez que en su memoria recordaba la boca rota de Perdomo.
Antonio Perdomo es una calavera, pensó, no podía dejar de parecerle un transeúnte hacia la muerte. La última imagen de Perdomo no salía de su mente. Un poco más joven que él, con el pelo negro, grueso y rizado, la boca partida y el hilito de sangre negra, que fluye de ella, el aire entra tan fracturado en sus pulmones, que de puro dolor lo exhala con una tos rota y colorada, Oswaldo se ha fijado en sus ojos blancos, y en esa expresión de nada absoluta, de conejo muerto, que dominaba su cara hinchada a golpes, sus golpes. Recuerda como crujía cuando lo alcanzaba, como se moría por capítulos, del primer al último asalto, manteniendo la tensión, soportando su castigo, escupiendo pequeñas volutas de sangre, y recuerda, que él se decía- Dale más, dale más ¡Mátalo!- Lo quería derrotado, destruido a los pies de sus sueños, lo quería inerte, indefenso, lo quería yaciendo bajo la cuenta del árbitro, porque al final de la cuenta, se encontraba el premio, lo que llevaba años persiguiendo.
Todo empezó junto al mercado en una pelea callejera, cuando tumbó al chulo del barrio, con algo de suerte, y con ese instinto suyo que aparece como una lanza, y se clava de un golpe en la quijada del otro para dejarlo tieso de un solo leñazo. Un instinto eléctrico, devastador, cargado de rabia, ambicioso, cuajado como leche agria en la miseria de su vida, que al estallar en violencia, siempre lo llenaba de una sensación de triunfo, en medio de la vida amarga que tenía en aquel barrio derruido por la pobreza. Aquello lo presenció quien debía presenciarlo, fue en el momento justo, y en el justo lugar, así empiezan las conspiraciones del destino, y luego todo sale a rodar, si encajan con los sueños de uno mismo. Desde entonces, no podría contar la de tipos tumbados sobre el ring. No recuerda quienes eran, sólo los golpes y los crujidos, la sangre, los dientes rotos y la mirada de dolor, tristeza, derrota o sorpresa, de aquellos rostros desdibujados por el tiempo. Tipos a los que nunca pudo poner nombre, sin que eso le importase mucho, porque cada gramo de sangre se cambiaba por una libra de carne en el mercado, o por verdura fresca, luego sirvieron para cambiar de casa y de barrio, y para darle estudios a Lisabeta, aunque le sirvieran de poco. Así fue pasando el tiempo, con la vista puesta en la cima de su carrera. Oswaldo sólo quería seguir ganando peleas, seguir sintiendo el triunfo fluyendo por su sangre, calentando su alma, dándole hambre al deseo, para poder comerse todo, todo lo que se pusiera ante él. En poco tiempo, el niño de la calle, mal vestido y siempre hambriento, sucio y solitario, rodeado solo por los compañeros fugaces que iban y venían según la suerte de las miserias o las detenciones de la policía, se rodeó de un pequeño séquito permanente, mientras ascendía hacia la fama.
"Mau Mau" Perez, era su protegido en la calle, y se convirtió en su preparador, era un tipo ágil para aprender, lo fue cuando era ratero y seguía siéndolo a las órdenes estrictas del entrenador. Oswaldo se lo llevó consigo hacia el éxito, porque además era fiel, y de no haber nacido en casa de padre borracho, y madre resignada, podría haber llegado lejos, como ingeniero, o doctor en algo. "Mau Mau" soñaba con nadar en suficiente dinero como para abrirse una tienda de deportes en el elegante centro de la capital y olvidarse de su niñez de ratero para siempre. El entrenador, Rufo García "martillo", fue quien le descubrió, era un viejo púgil del campeonato provincial. Una promesa al que le rompieron muchas veces la nariz, pero justo antes de acceder al panorama nacional, una tía lista le robó todo, empezó por el corazón, luego el dinero, la dignidad, y partes de la cabeza, luego lo dejó tirado y se marchó bien lejos con todo lo robado. Rufo se quedó en una casa vacía, con un mueble bar completo, que vació en pocos días, y ya no supo parar. Rufo soñaba con volver a ser alguien en el mundillo del boxeo, y los éxitos de Oswaldo le estaban devolviendo su sueño, había casi dejado el alcohol y ahora se empeñaba en perfeccionar a Oswaldo, para hacer historia y convertirlo en campeón mundial, para alcanzar la gloria, su gloria. Recuerda también a sus primeros promotores, todo gente del barrio, como por ejemplo el Señor Ricardo Mata, propietario de tres paradas de carne en el mercado. Carnicerías Mata fue quien le compró su primera bata de boxeador y en la espalda de la bata alguien bordó tres palabras, una bajo la otra, Cárnicas Mata Santos. Cuando saltó al ring en el gimnasio del barrio un sábado por la tarde, ante unas cien personas, apestando a taberna y borrachera, y apaleó a su rival en solo un asalto, alguien gritó ¡Viva el Matasantos! Y de ese modo nació su apodo pugilístico. Desde entonces una turba de gente que aumentaba con cada victoria, llenaba su vida de una histérica alegría cuando Oswaldo ganaba un combate. Recuerda también a perfumerías Baby, el señor Julián Guardado, el propietario, soñaba con montar una cadena de perfumerías en todo el país, gracias a la publicidad y a las victorias que Matasantos, le proporcionaría, se pasaba la vida ofreciéndole a Ofelia su preciosa hija menor en matrimonio, para así juntar su sangre con la de un campeón. La lista de gentes que se subían a su tren fue creciendo, para subir unos echaban a otros, y así continuamente, con más o menos buena fe, se vio rodeado de toda una numerosa corte, que le adoraba, pero que sin excepción pretendían sacar algo de provecho de la carrera de Oswaldo. Su hermana le colocó al holgazán de Nacho, que no servía para mucho, pero animaba los viajes y mantenía feliz a Lisabeta. Nacho soñaba con ser promotor de boxeo, organizar peleas, y ganar mucho dinero con ellas. Lisabeta con tener hijos con Nacho y llenar de alegría su casa. Oswaldo quería mucho a su hermana, así que no le molestaba, también estaba muy unido a su madre, a ella le había comprado una pequeña casa en el campo, que aceptó a regañadientes. Era la única persona que en los últimos años, nunca le pidió otra cosa que no fuese dejar de recibir golpes y no le gustaba sacar provecho de ello.


El champan y los vítores corrían por el vestuario, como el fuego por un almacén de madera seca. Era habitual abrir una primera botella allí mismo y celebrar la victoria, pero aquella noche había conquistado el campeonato nacional, así que en ese primer brindis, se abrieron media docena de botellas por lo menos. Oswaldo solía tomar un trago y poco más, no le gustaba el alcohol, recuerda todavía demasiadas tragedias en su barrio natal por culpa del alcohol, bueno y también de la miseria, nada rompe más caras que la combinación de ambos elementos. El vestuario rebosaba de borrachones amateurs y profesionales, todos exultantes, todos llenos de expectativas, de proyectos, soñando glorias sin límites para el futuro. El cinturón de campeón nacional iba de mano en mano, unos lo besaban todos lo abrazaban como si fuera su propio niño, y ninguno dejaba escapar la oportunidad de hacerse fotos junto al cinturón que simbolizaba la victoria, todos salvo el campeón.
Oswaldo, se dirigió a la ducha, necesitaba quitarse de encima la sangre, se disculpó ante los jaraneros. Allí aún separado por dos puertas, el ruido de la celebración le perseguía. Sintió una punzada en la cabeza, y un posterior mareo. La sangre pegada a la piel le estaba dando nauseas, no le había pasado nunca, y además aquella maldita imagen de Perdomo sobre el ring, no se borraba de su mente, ni tampoco aquella rabia con la que lo demolió poco a poco, aún sabiendo que era cuestión de tiempo que Perdomo cayese.
Desnudo bajo la ducha abrió el agua caliente a toda presión, para que se esparciera por su cuerpo barriendo la sangre coagulada. Oswaldo se esforzaba en quitarse de encima los coágulos aferrados al vello de su pecho, de sus brazos y piernas, con tanta violencia, que se le enrojecía la piel. Era como si la boca rota de Perdomo estuviera todavía frente a él escupiendo sangre sobre su cuerpo, porque parecía que nunca terminaría de quitársela de encima. Estuvo así un buen rato, como si el combate no hubiese terminado, seguía luchando por quitarse a Perdomo de encima, sentía la rabia, aquella rabia animal, aquellos golpes salvajes frescos en su memoria, el cuerpo blando soportando cada golpe, la voracidad letal con la que lo golpeaba sin cesar, y sabía que lo hacía empujado por algo que ya no era él. Llevaba demasiado tiempo cargando con sueños ajenos, con deseos ajenos, peleaba para su público, para sus seguidores, para su corte, para satisfacer todos sus anhelos y mitigar sus frustraciones. Peleaba y cargaba sobre sus espaldas, la rabia de todos ellos, y el ansia ciega por abrirse paso en la vida hacia eso que llaman triunfo, éxito, gloria, riqueza. Había pasado mucho tiempo imaginando, como sería la noche en que su sueño de ser campeón nacional se cumpliese, y nunca habría adivinado, que la imagen de aquella boca rota, luchando por llevar aire y vida a los pulmones de Perdomo, pudiera erigirse en la emoción que dominaba todo su pensamiento. Era una noche amarga, muy alejada de todo lo que había idealizado. La saliva escocía en su boca, los hombros le pesaban, el aire sabía a matadero de animales, el corazón palpitaba nervioso, avergonzado, y con un sonido vacio. Todo aquello, le resultaba extraño, pero algo le había quedado claro, que la furia y la rabia con la que golpeó a su enemigo, no eran suyas, no las sintió como tal.
Oswaldo salió de la ducha, y se dirigió a su taquilla, en silencio se vistió, se peinó, y lustró sus zapatos, tardó unos minutos en decidir si atravesaba la puerta para unirse al séquito ebrio de champan y de gloria, y unos cuantos minutos más en buscar una salida del pabellón nacional de deportes, sin que nadie reparase en él, y llegar hasta su auto.
Conducía por la estrecha carretera que llevaba hasta la casa en el campo de su madre, escuchaba las canciones de moda en una emisora local, cuando estas se interrumpieron para dar paso a las noticias. El país entero aún se preguntaba inquieto, dónde estaba Matasantos, él también. La luna llena le iluminaba la cara, aminoró la marcha y se dispuso a conducir los trescientos quilómetros que le quedaban por delante, sintiendo cómo con cada quilómetro que avanzaba, iba dejando atrás, toda la rabia, la furia, el éxito, pero sobre todo los sueños ajenos. Un equipaje que había ido cargando con los años, y que ahora iba perdiendo por el camino, como si estuviera perdiendo todas las maletas, que viajaban de más en su maletero. Atrás tirado en la carretera, se quedaba todo lo que había roto la boca de Perdomo, y todo lo que le había amargado el corazón, en la que pudo ser su noche y fue la de todos menos la suya.

Fin.

 

MIK/17

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Comentarios "La boca rota de Perdomo"

Porque creemos que necesitamos tantas cosas para ser feliz y hasta en eso nos equivocamos. Se nos va la vida detrás de un sueño cuando en realidad lo que tenemos que hacer es construir nuestra felicidad con lo que tenemos, no con lo que nos falta, y me incluyo. Cuando aceptemos eso seremos felices o quizás tendremos una mejor vida.
Excelente escrito amigo, cada quien lo interpretará a su manera.
Maricruz Maricruz 03/03/2017 a las 04:19

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